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Chris Rock reacciona tras recibir una bofetada del actor Will Smith en el escenario de los Premios Oscar, el pasado domingo.

Chris Rock reacciona tras recibir una bofetada del actor Will Smith en el escenario de los Premios Oscar, el pasado domingo.

AP

La bofetada que dio la vuelta al mundo en la ceremonia de los Oscar del domingo por la noche encierra una importante lección sobre la libertad de expresión.

Eso era sin duda lo más alejado de la mente del actor Will Smith cuando se lanzó al escenario de los Premios de la Academia para abofetear a Chris Rock después de que el comediante bromeara sobre la esposa de Smith, la actriz Jada Pinkett Smith, y su cabeza casi calva. Pero demostró vivamente porqué debemos resistirnos a la idea de que “el discurso es violencia”.

Para quienes quieren vigilar enérgicamente las microagresiones, acallar las ideas con las que no están de acuerdo y exigir que las empresas tecnológicas y el gobierno les ayuden a hacerlo, algunas palabras causan tanto trauma que equivalen a violencia. Y, hasta cierto punto, tienen razón en lo mucho que pueden herir ciertos comentarios, especialmente a los jóvenes.

Pinkett Smith ha detallado su lucha contra la alopecia, un padecimiento que provoca una amplia, si no completa, pérdida del cabello. Si Rock lo sabía, es un imbécil por burlarse de un tema tan sensible durante una emisión mundial.

Pero siempre debe haber una línea clara entre la agresión física real y las palabras, por muy hirientes que sean. De lo contrario, el deber del Estado de regular la violencia se extenderá al lenguaje, y eso sería el fin de los derechos de libertad de expresión, posiblemente para siempre.

Algunos progresistas incluyendo, de forma espantosa, a una gran parte de los estadounidenses más jóvenes—dicen que eso les parece bien. O bien no pueden pensar más allá del momento actual, en una época en la que sus puntos de vista no sean culturalmente dominantes, o bien no pueden imaginar que un político que no les gusta (¿alguien quiere a Donald Trump?) tenga poderes tan amplios.

Algunos saltaron inmediatamente a defender la reacción de Will Smith como caballerosa (aunque parecieron pasar por alto sus risas iniciales ante el chiste de Rock, hasta que Pinkett Smith le miró fijamente). En un giro que todos los cineastas de la sala no podían haber concebido, Will Smith tomó la palabra al aceptar el premio al Mejor Actor. Insinuó el argumento de la caballerosidad, diciendo: “El amor te hará hacer locuras”.

Por un momento, fue refrescante ver la virtud masculina de defender a las mujeres demostrada ante el tipo de público que se alegra de ver la virilidad aplastada.

Pero la reacción de Smith no puede ser condonada. Y no debe justificarse en absoluto como una reacción aceptable a las palabras de Rock.

Rock respondió como un profesional. No contraatacó, aunque debió querer hacerlo. Se limitó a presentar a los nominados al mejor documental y a hacer avanzar el programa.

No podemos pretender que, con su reacción contenida, Rock haya querido ilustrar la importante división entre el discurso y la violencia real. Pero podemos estar agradecidos por su ejemplo.

Ryan J. Rusak es el editor de opinión del Fort Worth Star-Telegram.

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Rusak

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